Capitulo III: Arrebatos de impureza
“...los países pequeños solo existirían para el deleite de los filatelistas...”
Erick Hobswam
I
Me gustaría poder sonreír como en una propaganda de pasta dental. Me gustaría ser tan cool como para superar mis problemas comiéndome una hamburguesa. Y ni hablar de los deseos que tengo de volverme una estrella porno con solo aplicar una dosis de desodorante en mi epidermis. Pero no soy tan pelotudo, aunque me gustaría serlo; ser parte de esta escoria y no ser consciente de que lo soy. La escoria se cree mucho, mucho más de lo que es.
Las escorias se creen mucho. Creen lo que les dicen sus compañeros de mugre, lo que ven en sus universos radiantes, lo que huelen en el charco y lo que comen del tacho.
Las escorias caminan deprisa bajo un rayo mezquino de un sol extinto. Toman velocidad a cada trago de un combustible negado por el instinto.
Se chocan, y al reconocerse como escorias, se saludan, se piden disculpas y comentan el último movimiento de la resaca urbana. Algunas veces se asesinan.
La escoria vende; y compra; y se vende a sí misma a cambio de una estrangulación diaria y una póstuma migaja de aire robada a la escoria más sabia de la mugre.
Pasean y sueñan sueños de celofán y almizcles importados de otras mugres, soñando (dentro de su amargo sueño) que dejan de ser escoria por un rato. O se mutilan, o danzan, con la misma finalidad. O escriben para soñar que no son escoria por un rato.
II
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III
La tarea es sencilla: lavar platos, secarlos y acomodarlos en orden dentro del aparatoso mueble donde se guardan los platos, vasos y demás vajillas. Enrique cree que este trabajo puede sacarlo de la mala época que esta viviendo. Además escucho por ahí, y trato de convencerse de que
así es, que la mejor terapia es el trabajo. “Terapia para pelotudos”, piensa Enriquito, pero chequea que la mirada del mozo esta volviéndose bastante molesta, talvez a causa de que hace unos siete minutos y cuarentaytres segundos que esta secando una compotera. “Para, che, que la vas a gastar”, esputa jocoso el cara de nada del mozo. “Te voy a gastar la jeta a trompadas”, piensa E, pero en lugar de eso sonríe falsamente a la broma del mulo. “No le des tanto porque sino no terminas más. Termina rápido y te queda tiempo para adelantar laburo y después te fumas un pucho tranqui”, aconseja el ahora amigable esclavo. E se ríe por dentro sacando conjeturas sobre la cara de ese tipo cuando se garcha a la piba que limpia. Se lo imagina jadeante, lascivo, grotescamente excitado y teniendo su diminuto miembro entre las manos pegajosas y con resto de cafeces y sandwiches de miga.
Llega la hora en que E debe volver a su madriguera. Sale, saluda falluto, cuenta las chirolas para el bondi y se va a la parada. Llega el colectivo, sube, pone monedas en ranura, sienta, dormita,
levanta, “paradaseñorporfavor”, baja, camina, abre puerta, holacomoestanyoyacomihastamañanaquedescansenchau, acuesta, duerme.
Beta
A veces tanta figuración hace perder de vista lo esencial de una expresión. Para ser bastante literal, puedo empezar diciendo que la borrachera que tengo es previa a una navidad poco feliz y que será uno de los pocos momentos en los que escribiré sobre mí. Para continuar con mi elocuencia contaré, amado lector, que estoy bastante ebrio. No te sorprendas, los grandes pensadores, poetas, escritores, músicos y artistas de todas las ramas de la expresión humana –aunque cada cual afirme que lo que hace no es humano, sino una expresión totalmente renovadora o personal o espiritual o esencial o todas esas cosas raras que se escuchan y que no hacen mas que demostrar que los artistas estamos en un plano inalcanzable para, por ejemplo, vos o usted- hacemos uso y abuso de cuanto podamos para conseguir ese mito que modernamente se llamo inspiración, y hasta me da vergüenza llamarlo así. Estoy ebrio, y ebrio de alcohol, no hay nada de simbolismo en mis palabras, a menos claro para aquel hermeneuta que lea en todo una subjetividad a ultranza. Debo aclarar que pretendo mucho de este texto. Pretendo crear un nuevo estilo, pretendo conseguir el amor intelectual de las más bellas doncellas del mundo académico y no académico, pretendo la admiración de mis amigos y no amigos, pretendo la envidia de todos ustedes que se hacen llamar lectores activos y pretendo, sobre todo, poder penetrarlos con algún aforismo insolente del cual no se puedan olvidar y del que saquen algún dolor de cabeza cuando intenten razonar, si es que existe la razón – vio que posmoderno que soy?- lo que este oráculo de la literatura les plantea en esta edición. Soy una luz, esperando ser sombra, que se cruzo por vuestro camino para que jamás me olvidéis. Podría decir que no soy un poeta ni un músico ni un literato ni un mentalista ni un alquimista del verbo ni un ser humano ni un historiador ni un artista ni un performer ni un instalader ni un painter ni intervencioner ni un pintor ni un espiritista; soy todo eso y más esperando el momento-top en el cual desenmascararme y dejar de probarlos a todos uds. y decirles en mi idioma único y sacro quien soy en realidad. Y sobre todo dejarles mis póstumas aclaraciones para las ya esperadas criticas que recibiré, las tengo anotadas para que alguien se las muestre el día que me eleve de plano, así sabrán que yo ya sabia lo que iban a decir de mí. Por supuesto que hoy solo escucharan de mi boca un sutil loquepasaesquenosoyentendidoporuds., para no obnubilarlos con tanto saber, jolgorio, suprahumanidad y un etc que en este caso no expresa ignorancia. Siempre un etc es el resumen para decir lo que no se sabe ( aforismo 1 ). Complacido de mi ebriedad os dejo en compañía del motivo de su existir, que es este libro, por llamarlo de alguna manera.
IV…I VUE!
Ha visto usted las hemorroides? Es asombroso observar que en realidad no tienen fin, es más: uno cree saber donde empieza. Algunos dicen que comienzan en el intestino mismo, otros dicen que son ramificaciones del cerebro para poder controlar un culo que no se deja. Puede ser el intento de disciplinar el cuerpo mediante el órgano segregador de razón, o puede ser la reacción intestinal a la comida y/o bebida.
La historia de Enrique -y la Historia en general- es un manojo de hemorroides. Para terminar la última hoja de esto no existe Laura ni las caricaturas subordinadas al accionar de Enrique, ni Enrique… ni yo, ni usté. Solo existe el papel. Como una hemorroide infinita, y como una patada más -ya que esto no es original ni mucho menos- no hay comienzo ni fin en el lenguaje contemporáneo. Obra abierta, mensaje subliminal, manuscrito hallado en un inodoro, reflejo del consumo abusivo de TV, masturbación planetaria de átomos mentales, laputaqueteparios, mierdacarajos, lunares peludos en los senos de la mujer hermosa, verrugas en el pene, pelo en el glande, pezón oral, punto y coma la concha de la lora, reflujo incompleto de la alergia posmoderna, lisérgia, droga, alcohol, una peli de Tim Burton, un polvo frente a mamá o una
llaga. Cosas que no cierran ni abren nada. Enrique promete segunda parte. Esto se puede tomar como:
a) un intento desesperado de poder publicar algo antes de que los años transcurridos sobre el planeta tierra lo impidan
b) un sincero gesto expresivo que viene en dos partes
c) una mentira más grande que el chicle globo
NIF